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Creo que la vida es un continuo viaje, un constante movimiento, una cadena de cambios que hacen que cada día seamos distintos, nosotros y lo que nos rodea. Por eso quiero hacer un check in del ir y venir de mi vida y los que se cruzan en ella, dejo aquí el registro de la ruta de viaje, peso mis maletas y espero en la ventana de cada nuevo día que llegue el momento de emprender de nuevo el viaje.
viernes, 13 de marzo de 2015
Yoga, Dios, Meditación... ¿Cuál será la mejor forma de llegar a un estado de equilibrio?
Absolutamente todos los días de la vida tendremos preocupaciones y problemas, así sea la cosa más pendeja. Siempre pasa algo o externo a nosotros o bien inventamos o agrandamos algo y hacemos un drama nuevo a diario (No solo me pasa a mi, estoy 200 % segura pues en mi nuevo estado Zen veo esto en mucha gente también)... Y está bien, es parte de la vida, si no sería aburrida. El asunto es cómo se logra afrontar todo de un modo más formativo y menos dramático.
Creo que la vida sería perfecta si uno pudiera afrontarla como estando en el mar, disfrutando cuando las buenas olas te suben, pero también bajando con calma y paciencia cuando la ola se va, teniendo presente que tarde o temprano subirá de nuevo y luego de nuevo bajará...
...Yoga, Dios, Meditación... ¿Cuál será la mejor forma de llegar a ese estado de calma?
lunes, 19 de marzo de 2012
“Si quieres cambiar algo cambia tú"
Sin negar que el Estado tiene una gran responsabilidad frente a la superación de la pobreza, responsabilidad de la cual no podemos desligarlo, creo con convicción que está en manos de todos cambiar la realidad y por ello de mañana a noche no hago más que pensar cómo un ciudadano cualquiera, como usted y como yo, puede involucrase para lograr una real transformación social.
La respuesta está en construcción, y si se les ocurre algo me interesa escuchar propuestas, pero mientras tanto siento que la vida pone avisos dominicales en mi camino.
La primera luz de respuesta apareció un domingo cualquiera mientras caminaba sola. A buen paso me dirigía a una cita con mi novio cuando en una esquina me topé con un perro que olía un pedazo de hueso de aspecto nada apetitoso, su hocico hizo rodar varias veces el trozo y al final el can levantó su cabeza y corrió tras su dueño.
Su dueño, un reciclador habitante de la calle, veía a pocos metros como yo observaba con detalle a su fiel amigo y esperó con paciencia a que me acercara más a él para iniciar con su historia: su perro estaba entrenado por él mismo, sólo comía de su mano para evitar que éste fuera envenenado en la calle como ya le había pasado a otro perro de la manada del personaje de la historia.
Con detalle mi pasajero amigo me contó durante los pasos que nos demoramos recorriendo una larga calle la forma en la que los dueños de un restaurante envenenaron a su otro perro con un gran trozo de carne impregnado con veneno; sus ojos se iban aguando mientras relataba la historia pero no demoró en sobreponerse y contarme que tenía un par más de perros en el lugar en que habitaba, a pocas cuadras del lugar, y en asegurarme que cuidaba más que a su propia vida a aquellos animales que eran por sobre todo sus mejores amigos, sus fieles acompañantes, su familia.
La corta charla terminó con ello, el amigo se despedió con cortesía y avanzó en sentido contrario al llegar a la esquina. Me pareció curioso mi encuentro y sin embargo nada se activó en mi cabeza hasta que ocho días después, durante otro domingo más en el que mi caminata solitaria se repitió, me encontré charlando con otro habitante de la calle en compañía de su fiel amigo can.
Llovía sin parar, miles de pequeñas gotas, casi un rocío incesante, azotaba la ciudad y yo caminaba escuchando música y apurando el paso con una sombrilla que me protegía de la lluvia. De pronto vi un pequeño “canchosito” con los pelos erizados que no cubría su capa de plástico tipo Superman. Un nudo fuerte sostenía la improvisada capa mientras el perrito esperaba con paciencia en unas escaleras en las que podía protegerse de la lluvia.
Pasé a su lado sin dejar de verlo mientras sonreía por la peculiar imagen y al avanzar unos pasos más decidí volver y tomarle una foto. al hacerlo se acercó a mí su dueño, un reciclador de edad media que vestía el mismo traje de héroe protegiéndose de la lluvia.
- Ese es un perro de raza, yo lo cuido mucho porque es mi mejor amigo, es más fiel que nadie y con seguridad me quiere más que mi esposa” me dijo en tono amistoso aquel personaje.
Ante ello le hice un par de preguntas y él me contó algunas cosas de su vida con rapidez y entusiasmo mientras que algunos celadores del edificio que estaba en frente se unían a la charla. La conversación fue en realidad de unos pocos minutos y tras una despedida rápida seguí mi camino en el que crucé mis dos historias y entendí un poco más por qué la inclusión social es un asunto de todos.
La pobreza extrema es resultado de una distribución inequitativa de los recursos y por ende se habla también de una exclusión de los servicios y beneficios que tiene el resto de la sociedad que cuenta con los medios suficientes para acceder a ellos; por esto se da la necesidad de generar inclusión social, pero más allá de bienes materiales mis historias me mostraron que se trata de reconocimiento, de aceptación del otro en la diferencia.
Estos dos hombres que conocí en la calle tienen en común la alegría que percibí de ellos al tener una persona con quien hablar, a quien contarle algo de sus vidas y de otro lado sus fieles amigos son otro punto en común que me llevan a pensar que muchas veces los perros son los mejores amigos del hombre porque entre los seres humanos aún no somos capaces de ser lo suficiente buenos amigos, sin importar clases ni condiciones sociales.
Tras esas reflexiones espero seguir teniendo historias que contar, aplicando la inclusión desde mi propia experiencia y los invito a que desde pequeñas acciones empecemos a construir realidades diferentes desde actitudes tan sencillas como permitirse reconocer y compartir con aquellos que más han sido excluidos de y por la misma sociedad.
domingo, 30 de octubre de 2011
Una razón por la cual votar aunque sea en blanco...
“Una victoria para los aristócratas es que la desilusión se convierta en antipolítica
miércoles, 7 de septiembre de 2011
La heroica ciudad del “coste”
Cartagena es uno de los sitios turísticos más visitados por colombianos y extranjeros. Resulta ser casi una obligación recorrer, alguna vez en la vida, las increíbles calles del centro histórico, bañadas por el mágico color amarillo de las lámparas en la noche, o caminar por entre los lúgubres túneles del Castillo de San Felipe.
Cuando tenía 12 años tuve la oportunidad de estar en Cartagena gracias al espíritu viajero y sobre todo familiar que existía en ese entonces en mi casa. En aquella época recorrimos una buena parte de Colombia en carro: Santander, Sincelejo, Santa Marta, Medellín y un par más de lugares que nos vieron pasar en el Trooper azul que nos acompañó en esa aventura de casi un mes.
Las fotos empolvadas son la muestra de ese trip que desafortunadamente no recuerdo en su totalidad, pero que ha dejado pocas pero vividas historias de ese tiempo en el que disfrutábamos emprender viajes en familia. Ahora los viajes siguen, por suerte, pero cada quien en casa cuenta cuentos diferentes.
Y uno de esos cuentos que agradezco documentar hoy es ese retorno a Cartagena, no la Cartagena que recorrí en pantaloneta y trenzas cuando era niña, sino la Cartagena de mi coste, mi mejor amigo. Cinco años de compartir la universidad, uno de compartir el trabajo, y espero toda una vida para seguir disfrutando de una cercana amistad, me han enseñado a amar lugares que no he visitado, a recordar historias que no he vivido y a extrañar personas que no conocí en su amada Cartagena. Así es que conocer, o mejor re-conocer, esta ciudad que vio pasar buena parte de su niñez y adolescencia, era un compromiso ineludible para mí. Lo curioso es que este año logré volver allí sin prepararlo. La vida juega con nosotros, voltea nuestros planes, se divierte sorprendiéndonos.
Lo planeado era ir de Valledupar a Santa Marta y de allí al Parque Tayrona, otro de esos lugares con los que tengo deuda aún; sin embargo el paso por urgencias de parte de mi compañero de viaje y otra serie de factores hicieron que se descartara la aventura. El quedarme el resto del viaje en Valledupar, no era una opción despreciable, pero mis pocos acercamientos con la costa colombiana y mis siempre constantes ganas de conocer nuevos lugares me impulsaron a empezar a buscar entre mis contactos quien pudiera darme hospedaje, y ahí como siempre estuvo “el coste”.
Y un elipsis en mi cabeza me lleva ya de Valledupar hasta Cartagena, hasta la casa del tío del coste en donde me quedé todos los días en mi paso por la ciudad. Fui consentida allí con la comida, las historias y la compañía en los recorridos turísticos, esta ciudad me estaba siendo prestada como una sala de cine en la que se reproducían las miles de historias que “el costeño” me contaba cuando me hacia capuccinos caseros en la fría Bogotá.
Mientras caminaba por el centro histórico “el flaco”, un primo del coste, me iba contando la historia de las calles, los monumentos, las batallas y las victorias que algún día se vivieron allí, y alternativamente iban y venían en sus narraciones las historias del pequeño coste jugando con sus amigos o emborrachándose de licor, poesía o amor en el calor de Cartagena. Y mientras tanto yo, que no fui parte de esa historia lejana de mi buen amigo, iba imaginándome a su abuela, ese gran amor suyo que ya no está en cuerpo, llamando a viva voz a sus inquietos nietos para que fueran a comer ese mote de queso que nadie más hará como ella.
Entre recuerdos infundados, torres del reloj, castillos majestuosos, arepas de huevo al desayuno, jugos de níspero en leche, cocadas de miles de sabores inimaginables, frutas exóticas vendidas por mujeres vestidas de alegres colores y las sonrisas de los alegres cartageneros que le intentaban vender cuanta cosa se les ocurra a esta rola de sepa, viví por unos días la ciudad del “coste”, esa en la que los colores y el calor resultan ser el mejor ambiente para que nazcan historias míticas, relatos de amor y desamor, encantamientos ancestrales y batallas épicas.
Esa es la ciudad que les recomiendo conocer, ese es el viaje que alguna vez en la vida hay que hacer, como para los musulmanes resulta ser la meca. Y aunque no todos son colores y mágicos espacios, esa otra ciudad que es la gris y caótica, por fuera del centro histórico, también debe ser recorrida, también tiene inscritas miles de historias que nacen, como en toda Colombia, de gobiernos corruptos y desigualdad continua, pero eso es parte del viaje y del aprendizaje que todo camino debe llevar consigo.
Lo invito a conocer la Cartagena de mi coste, el único riesgo es que un desdeñado mototaxi le dé un buen susto en uno de los trágicos tráficos de la ciudad.
Datos para su visita:
De Valledupar a Cartagena el tiquete le cuesta de 30 a 35 mil pesos y el viaje en teoría debe ser de 4 a 5 horas. (En teoría. A mí un trayecto me llegó a tomar once horas por problemas con las vías, pero ya saben, así es el tema de carreteras en nuestro país).
Para movilizarse dentro de la ciudad recomiendo el taxi “colectivo” que lleva a varias personas que van a trayectos similares, el servicio le cuesta de 1500 a 2500 más menos y es la forma más cómoda de viajar en la ciudad. También pueden optar por el metrobus que tiene aire acondicionado y cuesta 1500. En ningún caso recomiendo el servicio público normal, por el calor insoportable, ni tomar mototaxi porque personalmente me parecen unas bestias al volante.
En cuanto a sitios por conocer, es una obligación conocer el centro histórico con todo lo que allí hay: la Torre del reloj ubicada al lado de la Plaza de los coches, el Castillo San Felipe, el Parque Centenario (aunque no de noche, porque es zona de candela), el muelle, el Museo Naval, la Plaza de la Aduana, la Plaza de Armas, el Portal de los dulces, la Plaza de Bolívar, el Palacio de la inquisición, la catedral, la plaza de la proclamación y lo que se me pase.
Parte del recorrido por esta zona debe incluir un paseo por el barrio Getsemaní en donde está la Iglesia de la Santísima Trinidad y donde hay construcciones coloniales muy lindas también, pero con la peculiaridad de contar con un ambiente más popular. Allí acostumbran ir los viajeros más jóvenes a recorrer las calles, tomarse una cerveza en la plaza de la iglesia o irse de rumba a los sitios de la zona, que en una época era zona de prostitución pero que hoy en día es un sitio tranquilo para visitar de día o de noche. Recomendados sitios de rumba para conocer: Bazurto social club, un sitio de salsa del que olvido el nombre pero es muy conocido porque logra generar mágicamente el ambiente cubano de la música que allí se escucha y Mister Babilla. Antes de irse de rumba, no se pierda por nada la caminata nocturna por todo el centro histórico, tendrá una visión diferente del lugar por la iluminación y el ambiente de la zona.
Para ir a darse un baño en el mar o tomar el sol lo mejor es ir al sector turístico conocido como Bocagrande. Finalmente dele un toque a su visita por la ciudad tomándose un jugo de níspero en leche, una limonada de coco o una cerezada, y cómase sin falta al desayuno una buena arepa de huevo y a cualquier hora del día un buen patacón con ogao y carne.
martes, 30 de agosto de 2011
Truequiemos



sábado, 11 de junio de 2011
El rastro que deja la caja de sorpresas
La niña de la foto soy yo y por supuesto el hombre que me ha consentido hasta el malcrío es mi papá, el hombre que tiene por tesoro esa añeja foto.
Hace pocos días recordé la existencia de aquel viejo papel y quise pedírselo a papá para volver digital la imagen y hacer pública mi cara de niña pequeña y consentida a través de facebook. Hubiera resultado ser una gran catástrofe dejar perder aquella magna foto, una de las pocas que guarda entre sus cosas personales, al lado de otras pocas que hacen parte de su botín sentimental que incluye la fotografía de uno de sus hermanos, ya fallecido a quien aún llora de vez en cuando, y un par de fotos de documento que guarda en su billetera en donde aparecen los rostros juveniles y/o infantiles de su familia en un pasado ya perdido.
Pero volviendo a la historia, no se desató ningún evento que lamentar. La foto volvió a su lugar y una copia suya quedó guardada en mi computador y en un álbum de fotos de mi facebook. Y ojo que la cosa no termina ahí, sino que se transforma en cuanto el recuerdo y posterior petición de aquella vieja foto desencadenó el desempolvo del anaquel donde se guardan todas las cosas viejas y olvidadas de mi casa.
La petición de la foto fue como una pista para encontrar el verdadero baúl del tesoro. Papá lleva consigo su joya, pero en un rincón del olvido está todo el botín. Toda una tarde estuve allí viendo imágenes amarillas, grises, otras más recientes llenas de color, todas ellas impregnadas de nostalgia y de historias que ya nadie cuenta:
El primer día de colegio de mi hermano, la primera comunión de mi hermana: ella de rosado y todas las demás de blanco, papá y mamá de la mano cuando aun se querían, familiares en sus años mozos vestidos de hippies sesenteros, la casa cuando tenía jardín y en medio del pasto yo vestida de rojo con Tom y Jerry dibujados en el saco miniatura que tenía, los múltiples viajes familiares pescando, acampando, dándose un baño en una piscina; la abuela, imponente y sabia con muchos años de menos abrazando a algunos de sus hijos en las antiguas calles bogotanas…
¡Son tantas las cosas allí descritas en medio de tanto polvo y olvido, y es tanta la alegría al desenterrar el tesoro! En medio de la nostalgia me vino a la cabeza la duda sobre qué le mostraría a mis hijos (de llegar a tenerlos) ¿acaso serían carpetas olvidadas en un viejo computador, cd´s marcados con el simple rótulo “fotos”, sin mayor encanto ni descripción?
Hoy, aún siendo fiel usuaria de las redes sociales y creyente rotunda de las ventajas que han traído las nuevas tecnologías, debo abogar por el rescate de las tradiciones, por el resguardo de los recuerdos colectivos, de las construcciones sentimentales que sólo lo análogo, lo pasado, lo que se conserva con el tiempo puede mantener.
Para mí, la construcción de una memoria colectiva en las familias comenzaba, en antaño, con las cámaras análogas: unas piscineras y otras un poco más complejas y costosas; como fueran, tenerlas implicaba comprar los rollos de 24 o 36 fotos, según el bolsillo, el gusto y la ocasión. Se ubicaba el rollo con sumo cuidado, se cerraba la tapa y estaba la cámara lista para captar todo lo que se excluía desde ese pequeño visor, al hacer click en el obturador. En esos casos no había opción de ver si todos los de la foto quedaron peinados o si estaban viendo para otro lado, lo que fue, fue.
Esa imposibilidad de corroborar la imagen final resultaba en la encantadora espontaneidad con la que se captaban los paisajes, las personas o las situaciones; después, el mandar revelar las fotos se convertía entonces en todo un ritual de sorpresa, por lo general no todas las imágenes serían de buena calidad, unas saldrían con manchas, desenfocadas, otras serían un completo mar de sombras, y por supuesto saldrían también las del recuerdo, fotos bien tomadas que lograron captar el momento justo que nunca más habría de olvidarse, pues ese papel que algún día se tornaría amarillo, estaría ahí como fiel testigo, como un juglar que narra historias tomando a la mano formas, colores y caras conocidas.
Una vez la cámara y el cuarto oscuro habían hecho lo suyo, las fotos, con ese olor peculiar de papel fotográfico y químicos, eran asignadas a un espacio del álbum familiar. Las caratulas de éstos variaban ampliamente, desde el dibujo del niño ángel (por lo general para las primeras comuniones o bautizos) hasta el combo de mickey mouse o el simple círculo rojo en medio de un blanco inerme de Foto Japón. Lo curioso es que sin importar como fueran los álbumes, en su interior la historias convergen un poco más: los rostros de las familias, los festejos especiales que todo buen colombiano registra, el paseo de olla y de no tan en la olla, los niños en su etapa de niñez, los grados, los matrimonios, y en fin, la lista es muy larga, pero todos la conocemos pues en nuestras casas, por lo general existe ese viejo libro que se desempolva cada cierto tiempo para volver al pasado y sentir a través de los recuerdos la alegría de lo que se ha vivido.
La historia actual es otra, contamos con toda la tecnología digital que nos permite acumular, tal vez, un mayor número de fotografías que van a parar a nuestros computadores y de allí a la inmensa red por medio de la cual le mostramos al mundo algo de nosotros, según sea la intención. Desconocidos, amigos y familiares (ojo, sólo los alfabetizados en el mundo virtual) tienen acceso a la parte de nuestra vida que les develamos a través de nuestros álbumes en redes como facebook, flickr, twitpic, y demás. La función de registro en esencia sigue siendo la misma, pero dónde queda el encuentro cara a cara, el despertar de los sentidos al compartir la historia de la foto en la voz de quien vivió el momento o el percibir ese peculiar olor de las fotos añejas, o el tocar aquella superficie suave del papel fotográfico. ¿Qué verán y que sentirán otras generaciones cuando de recuerdos se les hable?
No escribo este texto con el ánimo de satanizar las experiencias que nos brindan las nuevas tecnologías, la intención en realidad es evocar en ustedes la magia del pasado, de lo antiguo, de las tradiciones, de lo análogo, y con ello hacer un llamado para conservar esos placeres sencillos que nos puede brindar el mantener un álbum familiar, un viejo rollo en casa, una cámara de sorpresas en los hogares y un recuerdo siempre vivo de ese pasado que ya no volverá pero que reviviremos una y otra vez obstinadamente cada vez que la memoria lo permita.