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Creo que la vida es un continuo viaje, un constante movimiento, una cadena de cambios que hacen que cada día seamos distintos, nosotros y lo que nos rodea. Por eso quiero hacer un check in del ir y venir de mi vida y los que se cruzan en ella, dejo aquí el registro de la ruta de viaje, peso mis maletas y espero en la ventana de cada nuevo día que llegue el momento de emprender de nuevo el viaje.

sábado, 11 de junio de 2011

El rastro que deja la caja de sorpresas

Hay una foto que acompaña a papá para donde vaya en su camioneta. En la guantera del auto se esconde la imagen de un jeep amarillo en primer plano y atrás, en su interior, se ve una niña cachetona, con capul y dos colas, haciendo gestos que delatan lo consentida que la han vuelto, tal vez y en especial ese hombre que a la derecha de la foto limpia con cuidado y dedicación su preciado carro.

La niña de la foto soy yo y por supuesto el hombre que me ha consentido hasta el malcrío es mi papá, el hombre que tiene por tesoro esa añeja foto.


Hace pocos días recordé la existencia de aquel viejo papel y quise pedírselo a papá para volver digital la imagen y hacer pública mi cara de niña pequeña y consentida a través de facebook. Hubiera resultado ser una gran catástrofe dejar perder aquella magna foto, una de las pocas que guarda entre sus cosas personales, al lado de otras pocas que hacen parte de su botín sentimental que incluye la fotografía de uno de sus hermanos, ya fallecido a quien aún llora de vez en cuando, y un par de fotos de documento que guarda en su billetera en donde aparecen los rostros juveniles y/o infantiles de su familia en un pasado ya perdido.

Pero volviendo a la historia, no se desató ningún evento que lamentar. La foto volvió a su lugar y una copia suya quedó guardada en mi computador y en un álbum de fotos de mi facebook. Y ojo que la cosa no termina ahí, sino que se transforma en cuanto el recuerdo y posterior petición de aquella vieja foto desencadenó el desempolvo del anaquel donde se guardan todas las cosas viejas y olvidadas de mi casa.

La petición de la foto fue como una pista para encontrar el verdadero baúl del tesoro. Papá lleva consigo su joya, pero en un rincón del olvido está todo el botín. Toda una tarde estuve allí viendo imágenes amarillas, grises, otras más recientes llenas de color, todas ellas impregnadas de nostalgia y de historias que ya nadie cuenta:

El primer día de colegio de mi hermano, la primera comunión de mi hermana: ella de rosado y todas las demás de blanco, papá y mamá de la mano cuando aun se querían, familiares en sus años mozos vestidos de hippies sesenteros, la casa cuando tenía jardín y en medio del pasto yo vestida de rojo con Tom y Jerry dibujados en el saco miniatura que tenía, los múltiples viajes familiares pescando, acampando, dándose un baño en una piscina; la abuela, imponente y sabia con muchos años de menos abrazando a algunos de sus hijos en las antiguas calles bogotanas…

¡Son tantas las cosas allí descritas en medio de tanto polvo y olvido, y es tanta la alegría al desenterrar el tesoro! En medio de la nostalgia me vino a la cabeza la duda sobre qué le mostraría a mis hijos (de llegar a tenerlos) ¿acaso serían carpetas olvidadas en un viejo computador, cd´s marcados con el simple rótulo “fotos”, sin mayor encanto ni descripción?

Hoy, aún siendo fiel usuaria de las redes sociales y creyente rotunda de las ventajas que han traído las nuevas tecnologías, debo abogar por el rescate de las tradiciones, por el resguardo de los recuerdos colectivos, de las construcciones sentimentales que sólo lo análogo, lo pasado, lo que se conserva con el tiempo puede mantener.

Para mí, la construcción de una memoria colectiva en las familias comenzaba, en antaño, con las cámaras análogas: unas piscineras y otras un poco más complejas y costosas; como fueran, tenerlas implicaba comprar los rollos de 24 o 36 fotos, según el bolsillo, el gusto y la ocasión. Se ubicaba el rollo con sumo cuidado, se cerraba la tapa y estaba la cámara lista para captar todo lo que se excluía desde ese pequeño visor, al hacer click en el obturador. En esos casos no había opción de ver si todos los de la foto quedaron peinados o si estaban viendo para otro lado, lo que fue, fue.

Esa imposibilidad de corroborar la imagen final resultaba en la encantadora espontaneidad con la que se captaban los paisajes, las personas o las situaciones; después, el mandar revelar las fotos se convertía entonces en todo un ritual de sorpresa, por lo general no todas las imágenes serían de buena calidad, unas saldrían con manchas, desenfocadas, otras serían un completo mar de sombras, y por supuesto saldrían también las del recuerdo, fotos bien tomadas que lograron captar el momento justo que nunca más habría de olvidarse, pues ese papel que algún día se tornaría amarillo, estaría ahí como fiel testigo, como un juglar que narra historias tomando a la mano formas, colores y caras conocidas.

Una vez la cámara y el cuarto oscuro habían hecho lo suyo, las fotos, con ese olor peculiar de papel fotográfico y químicos, eran asignadas a un espacio del álbum familiar. Las caratulas de éstos variaban ampliamente, desde el dibujo del niño ángel (por lo general para las primeras comuniones o bautizos) hasta el combo de mickey mouse o el simple círculo rojo en medio de un blanco inerme de Foto Japón. Lo curioso es que sin importar como fueran los álbumes, en su interior la historias convergen un poco más: los rostros de las familias, los festejos especiales que todo buen colombiano registra, el paseo de olla y de no tan en la olla, los niños en su etapa de niñez, los grados, los matrimonios, y en fin, la lista es muy larga, pero todos la conocemos pues en nuestras casas, por lo general existe ese viejo libro que se desempolva cada cierto tiempo para volver al pasado y sentir a través de los recuerdos la alegría de lo que se ha vivido.

La historia actual es otra, contamos con toda la tecnología digital que nos permite acumular, tal vez, un mayor número de fotografías que van a parar a nuestros computadores y de allí a la inmensa red por medio de la cual le mostramos al mundo algo de nosotros, según sea la intención. Desconocidos, amigos y familiares (ojo, sólo los alfabetizados en el mundo virtual) tienen acceso a la parte de nuestra vida que les develamos a través de nuestros álbumes en redes como facebook, flickr, twitpic, y demás. La función de registro en esencia sigue siendo la misma, pero dónde queda el encuentro cara a cara, el despertar de los sentidos al compartir la historia de la foto en la voz de quien vivió el momento o el percibir ese peculiar olor de las fotos añejas, o el tocar aquella superficie suave del papel fotográfico. ¿Qué verán y que sentirán otras generaciones cuando de recuerdos se les hable?

No escribo este texto con el ánimo de satanizar las experiencias que nos brindan las nuevas tecnologías, la intención en realidad es evocar en ustedes la magia del pasado, de lo antiguo, de las tradiciones, de lo análogo, y con ello hacer un llamado para conservar esos placeres sencillos que nos puede brindar el mantener un álbum familiar, un viejo rollo en casa, una cámara de sorpresas en los hogares y un recuerdo siempre vivo de ese pasado que ya no volverá pero que reviviremos una y otra vez obstinadamente cada vez que la memoria lo permita.

1 comentario:

Rikardito dijo...

Hola Sami, una vez me dijiste q no eras buena escribiendo pero este artículo demuestra todo lo contrario

por cierto a veces yo siento lo mismo con respecto al legado de recuerdos q uno le va a dejar a la generación q sigue y lo mejor sería imprimir las mejores fotos q uno tenga